domingo, 18 de agosto de 2013

Historias del mar


                     EL CURIOSO CASO DEL ”HERNANI” Y EL “ASTIGARRAGA”


JOSE PINO GONZALEZ 
Capitán del Pino Ladra (Burela)
     Las parejas de pesca al arrastre, esto es dos barcos que trabajan tirando de la misma red por sus dos extremos, son tan antiguas como la historia de la pesca. Originarias del Mediterráneo que es donde nacen todos los avances e innovaciones en materia pesquera auspiciadas por los romanos y continuadas por los pueblos ribereños, es la solución a la primera búsqueda de peces alejados de la playa. Las primeras parejas no son sino dos barcos de vela que mantienen cada uno el extremo de la red y se desplazan a merced de los vientos y la mar arrastrando un pequeño arte por el fondo a muy poca velocidad. La llegada del vapor constituirá toda una revolución en cuanto a libertad de maniobra y desplazamiento de los barcos, con lo cual se pasa a controlar el arte de pesca independientemente de los vientos reinantes y el estado de la mar. Italia, Grecia y España poblarán las costas del Mediterráneo de una abundante flota de parejas que constituirán las primeras unidades explotadoras del pescado de fondo durante largos años hasta la llegada de las puertas de arrastre que permitirán a un solo barco tirar de una sola red.

    Curiosamente la implantación del arte de pesca de las parejas de arrastre en el Cantábrico viene apadrinada por valencianos y no por catalanes como había pasado con el negocio de las conserveras o las artes de pesca de bajura y cerco. El norte, tan abierto a las innovaciones y su aplicación, y teniendo en cuenta que en los primeros años del siglo pasado o se pescaba con anzuelo o se hacía con redes en las proximidades de la costa, aceptó ésta modalidad de arrastre como símbolo de la exploración a mar abierto.
Jose Pino capitanea el PINO LADRA

Los primeros años después de la Guerra Civil y con un país sumido en la miseria y el hambre, cualquier flota dedicada a la pesca no era sino un medio abastecedor de alimentos a la población. El Cantábrico empezó a llenarse de barcos artesanales que en las rías y riberas iban cubriendo las necesidades más básicas. En ésta época hacen su aparición las parejas en el norte, formadas por dos barcos de madera en la mayoría de los casos iguales y entorno a los 20 mts. de eslora, con proas rectas y popas de rabo de gallo, movidas por calderas que se alimentan de carbón siendo ésta quizá la explicación de que la flota más numerosa se concentre en el País Vasco y Asturias por ser en aquel momento las zonas más industriales y mineras. Gijón llegará a convertirse en puerto puntero de arrastreros a la pareja y vivirá su época más dorada relacionada con la pesca.




A principios de los años cuarenta tenían su base en Avilés el “Hernani” y el “Astigarraga”, dos barcos inmaculadamente blancos que formaban pareja. Ambos habían sido adquiridos en Pasajes, de ahí el nombre de las dos localidades guipuzcoanas, por el luanqués Rafael del Busto y Joaquín Colunga asturiano de Noreña.

Rafael del Busto a pesar de ostentar el título de Maquinista Naval en una época que ofrecía muchas posibilidades, se fraguó como patrón de pesca a las órdenes de los pioneros valencianos que subieron al Cantábrico enseñar su arte de pesca. De especial maestría y sensibilidad para hacerse con los secretos de la pareja enseguida se destapó como uno de los mejores patrones del oficio, conocedor de los caladeros de la Mar del Medio donde se trabajaba a la pescadilla y sobre todo de los Pozos de Rodiles hasta las playas de Lastres y Llanes, verdaderos viveros de besugos que abastecían al grueso de la flota la mayor parte del año. Sin embargo quien marcaba la pauta financiera del año era la tan afamada y necesaria costera del bonito, pescado muy apreciado para el consumo de fresco y sobre todo por la gran cantidad de conserveras de la zona: Gijón, Candás, Avilés, San Juán, Luarca, etc. Los barcos de la pareja tenían la polivalencia que les otorgaba su autonomía, aunque limitada por las carbonadas, para convertirse en buenos boniteros, con la posibilidad de alcanzar los túnidos en puntos alejados más al oeste en su peregrinación hacia Europa Occidental.
    Hay que recordar que el resto de la flota era artesanal con unidades de remo o vela que pescaban el bonito ya muy próximo a zona costeras. Aquel verano de principios de los cuarenta Rafael había mandado armar los barcos con dos buenas varas de carballo cada uno procedentes de los montes de Piedras Blancas por ser los más altos y aparejarlos con un foque y una mayor de dura lona encargadas a la Cordelería Isidoro para navegar más estables y tratar de ahorrar carbón que para la ruta portaban hasta en cubierta. A principios de junio se hacían a la mar al mando de doce hombres en cada barco y proa al oeste, costeando hasta dejar por la popa las costas gallegas y adentrarse en aguas del Atlántico donde la plomada del escandallo no tocaba fondo. A golpe de compás y reloj se navega sin la costa a la vista hasta que pardelas y tolinas alerten de la presencia de las trolleras de bonito. Navegan formando grupos o cuadrillas, pero los barcos de la misma casa se mantienen particularmente próximos.

    Al segundo día de dejar los acantilados del cabo Ortegal a la vista comienzan a picar los primeros peces, en la zona más transitada del tráfico de barcos hacia el norte de Europa, están en el llamado “cruce de los mercantes”. El tiempo es benévolo y los dos días siguientes patearán la zona arriba y abajo enfrascados en buenas capturas. No les llamará especialmente la atención un mercante parado en la zona durante todo el día por tratarse de práctica común la avería pasajera de cualquiera de ellos, pero al anochecer y dar por concluida la jornada dejando los pesqueros al garete para economizar carbón, caerán en la cuenta de que el mercante permanece sin tan siquiera un hilo de luz que denote su presencia. Al amanecer Rafael del Busto viendo que se mantenían próximos al transporte se acercó a su costado de estribor lentamente, observando en una herrumbrosa y prominente popa su nombre “Basilio Deustoni” El Pireo.

  Aprovechando que la cubierta del barco griego, por encontrarse cargado, se acercaba a la superficie del mar, mandó trepar un par de hombres abordo después de acoderarse a él. Pasado un buen rato las primeras pesquisas daban como resultado de que abordo no había nadie a excepción de un gato que caminaba detrás de los dos marineros que volvían a dar parte a Rafael. El patrón subió al mercante mientras el “Hernani” avisaba a la cuadrilla, tras examinar la situación observó que el bote salvavidas de babor no estaba en el pescante, determinando que la tripulación había abandonado prematuramente el barco por alguna causa desconocida. El siguiente punto a confirmar era la carga, lleno hasta los topes de grano de trigo. Había que tomar una decisión y Rafael del Busto ordenó al “Astigarraga” que siguiera pescando en la zona hasta sellar para no perder los dos la marea, consciente el hombre de que la gratificación podía ser menor que una marea del bonito.

El “Hernani” daría remolque al mercante junto con el barco de la cuadrilla que tuviera la bodega más completa, ése era el “Marina” propiedad del Sr. Cortés por aquel entonces Patrón Mayor de la Cofradía de Avilés. Aprovechando las fuertes estachas que el mercante tenía en el pañol del castillo de proa y encapillando las gazas al gancho que los pesqueros tenían en popa para las labores de arrastre iniciaron un lento y trabajoso remolque hasta la bocana de la Ría de Aviles. Bendecidos por la ausencia de vientos del este se plantaron frente a la playa de Salinas en los albores del día de San Juan. Fue metido en la ría por remolcadores y atracado al muelle de Raíces en el margen izquierdo del canal. Tras cursar aviso internacional el Ministerio de Marina del rescate, se procedió a la venta del trigo por las consecuencias de pérdida que podía ocasionar tan fabuloso tesoro en la época de carencia que vivía nuestro país y que sería más tarde abonado al armador griego previo descuento de los gastos portuarios e indemnización a los pesqueros.
Pero lo que no pasaba por la cabeza de don Rafael del Busto ni en sus mejores sueños era que el armador cumplidos los plazos establecidos nunca dio señales de vida ni se llamó al barco ni al cargamento, con lo que se pasaba de rescate a hallazgo, es decir el valor del cargamento de trigo más el valor del “Basilio Deustoni” posteriormente vendido debía corresponder a los dos barcos que habían realizado el remolque y a sus tripulaciones. Ni todo el bonito pescado y vendido en el Cantábrico durante la década entera de los años cuarenta se aproximaba a la cuantía que se repartieron veinticuatro hombres y dos casas armadoras, dándose la curiosa circunstancia que todos los marineros compraron sus propios barcos de bajura, nadie abandonó el mar y todos se convirtieron en armadores, a excepción hecha de un tripulante que se reconvirtió en hostelero y dirigió muchos años la mejor y bien situada cafetería próxima al ayuntamiento de Avilés “La Eritaña”
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A día de hoy sigue siendo el sueño de cualquier patrón de barco encontrarse en esas condiciones un Basilio cualquiera a expensas de ser adoptado, pero en un mundo globalizado como el nuestro lo mismo es encontrarse una mina de oro en medio de la calle.

2 comentarios:

  1. Segun la narracion del "encuentro" del Basilio y posterior traslado a puerto, contada por el maquinista del Astigarraga quien con ayuda de otros tripulantes puso su maquina en funcionamiento para asi trasladorlo al puetro de Aviles sin necesidad de remolque, difiere un tanto de esta narracion.

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